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La historia comienza
el 16 de diciembre de 1958, cuando Justa Barrientos ingresa en el
Sanatorio Adaro (Sama de Langreo) por sufrir importantes hemorragias a
consecuencia de placenta previa, lo que exige se le practique, el día 18,
una cesárea dando a luz una niña.
Pronto aparecen
complicaciones que llegan a preocupar seriamente a los médicos. Su estado
empeora por momentos y es necesario someterla a una nueva intervención.
El 30 de diciembre
la trasladan de nuevo al quirófano donde es operada por el cirujano José
Manuel Antuña Zapico, ayudado por el tocólogo Dr. Luis Álvarez Fernández y
por el traumatólogo Dr. Manuel Fernández Alas, interviniendo en calidad de
urólogo el Dr. Fidel Antuña Fernández, mientras que como transfusor estará
el analista D. Juan Suárez y como anestesista D. Paulino Lastra.
Terminada la
operación, el diagnóstico fue de extrema gravedad, debido a la existencia
de una intervención hacía pocos días, un estado de depauperación por la
obstrucción intestinal y peritonitis y, por último, por el schock
operatorio con descenso de tensión y casi ausencia de pulso.
Ante un panorama tan
crítico, los médicos reclaman la presencia de los familiares de Justa
Barrientos, comunicándoles que estén preparados para un desenlace fatal en
cualquier momento. Los médicos, sin embargo, no acceden a la petición de
su esposo y de la madre de aquélla para trasladarla a morir a Valencia de
Don Juan (León), de donde Justa es natural.
La paciente es
trasladada a la sala, a cuyo cuidado está la hermana Trinidad Villaescusa,
que sabedora de la extrema gravedad coloca una reliquia del P. Coll en la
almohada al tiempo que, en compañía de la madre de Justa Barrientos,
comienza una novena invocando al Padre Coll para la curación de la
enferma.
Nadie podía imaginar
que en aquel momento iba a tener lugar la curación milagrosa de quien era
ya una desahuciada.
A las nueve de la
mañana del día 31 de Diciembre de 1958, cuando los médicos que la
intervinieron llegan al Sanatorio Adaro, preguntan si ya había fallecido
la joven que habían operado horas antes. Al decirles que no sólo no había
muerto, sino que estaba muy recuperada, no lo pudieron creer. Y menos aún
cuando un día después la Hermana Trinidad Villaescusa le dice a D. José
Manuel Antuña que la paciente hace sus defecaciones por el conducto
normal, y no por el que le habían construido en el quirófano. El médico
responde que eso es imposible y que serán residuos fecales. Cuando vuelve
a repetirse el hecho se lo comunica de nuevo, respondiendo incrédulo y
confundido: “hermana, eso no puede ser, es imposible, de ser así sería un
milagro”.
La Hermana
Villaescusa
evoca cómo el más sorprendido de todos fue el propio José Manuel Antuña, y
cuando le recordó que se había referido a esta curación como un milagro, y
le pidió, y consiguó, que le firmase un papel que luego iba a ser muy
importante en el transcurso del proceso entre 1959 y 1964.
Las conclusiones que
se recogen para presentar como milagrosa la curación de Justa Barrientos
son éstas:
a)
Superación de un proceso de peritonitis aguda purulenta, plástica.
b)
Reconstrucción funcional y anatómica del colon descendente.
Todos los médicos
reconocieron que la reconstrucción funcional del colon descendente es
imposible de no mediar un milagro.
El 7 de Julio de
1977 el Papa Pablo VI reconoce como milagro, atribuido a la intercesión de
Francisco Coll, la curación de Justa Barrientos. |